"Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma"
Arthur Miller. Dramaturgo y guionista estadounidense (1915-2005)

1 de septiembre de 2015

El protocolo de lo vulgar

Una de las características de cualquier sociedad culta y avanzada, es el respeto escrupuloso a las normas de conducta y reglas sociales establecidas, que aceptadas por todos se convierten en la piedra angular de la convivencia y del comportamiento ciudadano e institucional. Solo de este modo, manteniendo la educación y las normas de convivencia podrán los altos cargos y las instituciones hacerse respetar, y no como ahora ocurre, donde la más absoluta falta de respeto por los ciudadanos, las instituciones y lo que estas representan, parece que se ha adueñado de parte de ellas, ocupadas por individuos que desconocen el significado de palabras como educación, respeto y dignidad.

Desde hace unos meses se ha generalizado, y mucho, la relajación por decirlo educadamente, en la forma de vestir y comportarse a la hora de acudir a actos públicos, no ya como público invitado, sino como protagonista de los mismos. Asistimos a la toma de posesión de algunos alcaldes, presidentes de comunidades autónomas o diputados regionales y concejales que acuden a la misma con una indumentaria totalmente inapropiada, más adecuada para ir de jarana con los amigotes, darse un revolcón en la playa, asistir a una reunión asamblearia o limpiar el trastero, que para asumir puestos de instituciones muchas veces centenarias que representan a pueblos, ciudades, regiones o a la misma nación, y a las que se debería acudir vestido con el debido decoro por respeto a las mismas, a lo que representan y a los ciudadanos que o bien votaron al susodicho, o bien se sienten representados por él en esas instituciones, con independencia de la ideología de la persona que coyunturalmente ocupe el cargo correspondiente.

Eso si hablamos de la forma de vestir, porque si lo hacemos de la manera de comportarse o actuar, algunos convierten un acto que debería ser serio, solemne e institucional, en algo pretendidamente revolucionario donde lo cutre, lo chabacano y lo vulgar ocupa el espacio escénico bajo la falsa apariencia de lo que ellos y ellas (para ser políticamente correcto), denominan de “popular”, “ciudadano”, “moderno” y “participativo”, pero que en realidad es lo que podríamos denominar como “protocolo de lo vulgar”. Un “protocolo” donde tienen precedencia la mala educación y falta de respeto a autoridades y símbolos, que confunde sencillez y austeridad con cutrerío y ordinariez y donde priman el sectarismo ideológico y la ignorancia.

Así nos encontramos con algunos ejemplos como los de la alcaldesa de Barcelona que decide saltarse la normativa y quitar el busto del Rey Padre, a su responsable de comunicación que se fotografía tan ufana ella, orinando en la calle abierta de piernas, al alcalde de Cádiz que no se pone traje para tomar posesión del cargo, pero sí lo hace para casar a una pareja por considerar que este acto es más serio que el otro, a la portavoz del Ayuntamiento de la Capital del Reino asaltante de capillas universitarias, bajo el pretexto de hacer una perfomance, a compañeros suyos dedicados a escribir tuits haciendo mofa del Holocausto o invitando a eliminar a miembros de la Oposición, a un nuevo senador que en mangas de camisa y brazos en jarra promete el cargo con una fórmula inventada (porque se lo permiten) y pretendidamente “social y revolucionaria”, a alcaldes necios que quitan la bandera nacional de los consistorios, a la presidenta del Parlamento de las Islas Baleares que se ve impelida, no sabemos si por imperativo fisiológico, a darle como otros tantos, la matraca al Rey con su rancia militancia republicana y decirle como buena maleducada, lo que debe hacer, y eso por no hablar para no extendernos de la forma de expresarse de muchos de ellos que con bastante pelo de la dehesa, lo hacen como iletrados con un lenguaje propio de mercado arrabalero.

El número de despropósitos que hemos visto y que desgraciadamente seguiremos padeciendo es también en cierta medida consecuencia de la relativización y tolerancia que la sociedad hace de estos comportamientos, que al ver que sus representantes no respetan las normas sociales básicas de comportamiento, que no respetan a personas, instituciones y símbolos, cree equivocadamente que eso está bien, que es lo que toca y tiende a imitarlos porque piensa que es lo moderno.

Así por ejemplo, la corbata se convierte en símbolo reaccionario, anticuado y opresor que hay que eliminar. Se acude a un entierro en camiseta, pantalón corto y chancletas, se pita al himno nacional o se suprimen los tratamientos y se tutea a todo el mundo, haciendo en este caso buena la cita de Milan Kundera cuando dice que “un mundo en el que toda la gente se tutea, no es el mundo de la amistad generalizada, sino el mundo de la falta de respeto generalizada”.

Unas actitudes impertinentes y de mal gusto cada vez más extendidas y toleradas por una opinión pública pusilánime y una parte de la clase política instalada en la estupidez de lo políticamente correcto, que calla para no verse señalada o lo que es peor, asume tantas malas formas, faltas de educación y respeto con la excusa de que quienes las cometen están en su derecho de actuar como consideren oportuno.

Pues bien, un derecho que con educación, respeto y buenas maneras debemos ejercer aquellos que pensamos que ya es hora de rechazar claramente y poner en su sitio a esta caterva de ignorantes, maleducados y zafios que desconocen lo que es vivir en una sociedad democrática, avanzada, educada y civilizada. En su vida privada cada uno puede hacer lo que considere oportuno, pero en la pública no. Ya está bien de sentir vergüenza ajena por esta gente que daña la imagen de nuestras instituciones y símbolos que igualmente forman parte de la Marca España. Es hora ya en fin, de acabar con este bochornoso “protocolo de lo vulgar”.

Publicado en: Top Comunicación